12 oct. 2014

Eran las 7:00 cuando sus párpados se movieron ligeramente mostrando dos pequeñas esferas blancas con detalles en marrón y negro. Era aún lo suficientemente temprano para que se levantase en un domingo, así que intentó conciliar el sueño alrededor de media hora, pero no consiguió nada que no sea dar vueltas sobre el colchón. Eran las 7:34 cuando decidió estirar sus piernas sacándolas de aquel aprisionado lugar y hacer que sus dedos apenas rocen la fría cerámica. Colocó sus pies en donde pudieran sentir algo más de temperatura. Sus ojos se cerraban aún, y consideró que algo de agua en su rostro ayudaría a que su cuerpo se decidiera sobre su estado. A continuación recorrió con su dedo la amplia mesada hasta llegar a la cocina. Preparó aquel desayuno de siempre y colocó la taza en la mesa. Había cuatro sillas de las cuales sólo una estaba ocupada. Las agujas siguieron moviéndose como suelen hacerlo, hasta llegar a las 8:00. Ya se encontraba cambiada y lista para emprender su día, hasta que recordó que era simplemente un domingo más y aún no sabía que iba a hacer. Pensó en algún tipo de plan improvisado pero nada surgió, así que simplemente colocó en su par de extremidades dos cómodas botas amarillas y fue hacia la parada a subirse a su colectivo de siempre. Tres con cincuenta y un asiento al fondo. El camino no fue largo, pero sus párpados seguían pareciendo querer no pertenecer al resto de su cuerpo. Bajó en aquel lugar donde las paredes tienen extrañas manchas negras y algunos brotes que esconden pequeñas flores en el fondo. Intentaba evitar cada charco que se interpusiera en su camino y pudiera manchar sus cómodas botas amarillas (lo hizo con suficiente éxito, por cierto). El ElegantRoule tenía su cartel indicando disponibilidad, así que sacó de los bolsillos de su saco aquellos trozos de papel y contó algunas monedas. Ingresó al local. Parecía ser que solo iba allí por el aroma a café y por las flores que decoraban los vidrios de las ventanas, cuanto le gustaban esas flores. Cuanto disfrutaba su segunda taza de café. Los minutos pasaron y cerró la puerta de una forma un tanto brutal cómo para que algunos cabellos se movieran a visualizar la salida. Sus pies caminaron. Y caminaron. Y de su nariz salían dos grises evaporaciones extrañas que demostraban la baja temperatura. Se cansó de caminar, ya ni siquiera miraba las vidrieras que reflejaban su mediana figura. Se sentó sobre un banco en lo que podría llegar a llamarse una plaza, pero ese día casi nadie pasaba por allí. Casi ningún niño corría jugando, ni se sentaban a su lado. Lacio perfecto enmarcaba su pálido rostro, y sus párpados comenzaron a rebelarse otra vez, cayéndose lentamente y volviendo a levantarse hasta dejarse contener por una absoluta inmovilidad. Su mano derecha tocaba la fría madera. Quizás esperaba que alguien tocara sus finos dedos, o quizás solo dejaba que fueran atrapados por ese pesado frío de invierno que hacía que todos se quedaran en sus camas un rato más. Ya no pensaba en su monotonía de única taza en la mesa. Sólo se dejaba estar, ¿cuanto tiempo más seguirían soportando aquel frío sus dedos sin tornarse violáceos? Su fina piel sintió una leve salvación que le otorgaba algo de temperatura, pero la lucha contra sus párpados seguía en pie. Esa extraña salvación comenzó a desplazarse por toda su mano, y su cuerpo se sintió apoderado de un miedo atroz. Intentó concentrar sus fuerzas en levantar ese par de estúpidos párpados que se encontraban tan en su contra esa mañana, pero no lo lograba. Al menos sus oídos lograron descifrar algo, parece que algo en ella al menos servía. Parece que habían llegado. Un zumbido que no cesaba penetraba por sus tímpanos y no se iba de allí. Aquel insistente zumbido fue lo único que escuchó en esa solitaria plaza. Hasta que se tornó más y más débil, terminando por desvanecerse por completo. Aquel calor en sus finos dedos comenzó a alejarse y con él se alejó su anhelado encuentro de su solitaria taza con otra más que ocupara otro lugar en su desolada mesa acompañada de numerosas sillas sin nadie que las ocupe. Sintió como si todo su cuerpo se elevara y comenzó a distinguir como era recorrido por aquel calor que se asimilaba a aquel de su casa aquella mañana a las 7:00 cuando ya no podía conciliar el sueño. Sintió bienestar y ya no luchó contra sus párpados, que dejaron de actuar en contra de su cuerpo. Ellos iban al unísono, no se elevaban ni se caían más, allí quedaron, aprisionados en ese imponente calor otorgado en lo que seguía pudiendo ser algo llamado plaza. Ahora sí pasaban compañías por allí. Hasta que ya no pasó ni ella misma. Y sus cómodas botas amarillas se desvanecieron en el fondo de aquel zumbido. Y ni siquiera recordaba por qué luchó contra sus párpados. Ni siquiera recordaba. Todo dejaba de tener importancia poco a poco, pero su sensación de bienestar hizo que no se opusiera a nada en su al rededor. Y se dejó desvanecer antes de llegar a donde encontraría su supuesta salvación, quién sabe a qué. Sólo sabe que se dejó desvanecer. Esta vez por completo, y las agujas en su reloj dejaron de moverse. 

4 comentarios:

  1. ¡Hola!
    Antes que nada, ¡muchísimas gracias por el comentario que dejaste en mi blog! Me hizo muchísima ilusión leerlo. En cuanto a la entrada, lo único que puedo decirte es que es una preciosidad. Me encantó el final, y todo el post en general transmite muchísimo. La verdad es que escribes de maravilla, todo hay que decirlo.

    Besos, ¡que seas muy feliz! <3

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    1. Muchísimas gracias! Que lindo son tus comentarios en mis entradas ♥ Me alegro que te haya gustado, y gracias otra vez! Igualmente ☺

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