2 oct. 2016

Durante esta tarde el cielo está nublado. Durante esta tarde, me gustaría sentirme un poco más.
La mirada perdida, la luz tenue encendida en algún rincón de la habitación, la suave música ingresando a mi ser. La compañía de la propia soledad. Los pensamientos atareados suelen confundirse entre sí, pensando en cómo podría haber sido, a pesar de saber que no existe otra posibilidad que no sea la que fue. Creando teorías sobre como podrían fuerzas terceras estar actuando sobre el contexto para que las circunstancias mejorasen, todo para conformarse al menos un poco de las turbulencias que le dio uno mismo a la vida. Somos la causa de nuestro efecto. Somos el efecto de nuestra causa. Somos lo que elegimos escuchar, creer e interpretar. Somos las decisiones que tomamos cuando la noche llega a su fin, y somos las que tomamos cuando todo vuelve a comenzar. ¿De qué me sirve el beneficio de la adaptación inconsciente a contextos, si el único desenlace es mi mente confundida por no sentirse mía? Cerraré entonces este circulo un tiempo antes de lo que debería, por que visualizo el cambio con los ojos entreabiertos y la mirada hacia el entrecejo, buscando un equilibrio que me permita no caer tan bajo.
Durante esta tarde, bajo este cielo, me gustaría rendirme. Bajar los brazos y someterme al olvido momentáneo, para poder luego levantarme habiendo recobrado un poco más de vida. Sintiendo que mi existencia tiene un fin, al menos una pequeña razón que me incentive a saber que mi alma no está tan errada durante este camino como ser humano. 

7 sept. 2016

Vivimos en constante transformación. En este instante hablamos; me contas, y te cuento. Escuchamos nuestras vidas, cómo nos influyó el pasado y cómo pensamos transformar aquellos sucesos para el futuro. Escuchamos los momentos cotidianos, y los que nos penetran el interior haciendo renacer sentimientos que se encontraban ocultos en lo más profundo de nuestro ser. Nos escuchamos en este instante, nos conocemos hoy. Pero si te veo mañana, es probable que haya analizado ciertas palabras que anteriormente salieron de mi boca, y piense diferente. Aunque sean mínimos detalles, mi forma de sentir los recuerdos va a cambiar de manera consciente o inconsciente. Y a la otra persona va a pasarle igual. Somos seres cambiantes. Entonces, si nos volvemos a encontrar algún día lejano, ¿como podemos aceptar nuestras transformaciones, si no estuvimos ahí mientras sucedían?, ¿vamos a querernos a nosotros, o simplemente vamos a querer nuestro recuerdo?
Finitud humana. Palabras simples, fáciles de escribir y aún mas de leer. Es como si nos volviésemos inconscientes de nuestra esencia, de la pureza individual, y nos obligáramos a ser conscientes de elementos completamente secundarios. Nos encontramos continuamente enfocados en la meta, en el objetivo, en la recompensa del acto. Estamos pendientes de qué pasará al llegar al punto de encuentro, de como sabrá la comida que aún no pudimos ni llegar a oler, de como se sentirá el agua abrazando nuestra piel, cuando todavía siquiera nos acercamos a ella. En aquel maravilloso lapso salteado, nos atraviesan miles de sensaciones y sentimientos que decidimos dejar a un lado para poder pensar con más claridad el momento que aún no sucedió. Como será. Que se sentirá. Como sabrá. Pero ¿Como me siento ahora?, ¿Que siento mientras mis pies rozan la superficie artificial que me guía hacia mi habitual destino? Como sería si en vez de estar imaginando las posibles sensaciones del futuro, dejara fluir todos los aspectos que interactuan conmigo en aquel instante. El viento acariciando suavemente mi rostro. El sol dándole calidez a través de su luz a todo mi cuerpo. Aquellas hojas moviéndose con el intento de endulzar sutilmente nuestros oídos. Todo ello es interacción, inconsciente y asimétrica, que nos ilumina cada día de nuestras frágiles vidas. Todos aquellos elementos que son parte de la finitud humana de tantos individuos, los cuales probablemente influyeron también en una cantidad innombrable de generaciones. Todo aquello es interacción, vida, y fragilidad. Somos seres inconscientes. A veces nos veo con lástima y desprecio por dejarnos atravesar por tanta belleza y no esforzarnos por ser capaces de disfrutarla al menos unos minutos. Es que nos olvidamos de la importancia de sentir. La priorización de sentimientos artificiales nos lleva a la destrucción propia, dejando clara nuestra búsqueda de vacío emocional. Estamos siempre buscando llenar vacío, con mas vacío. Y es así como jamás vamos a realmente completarnos, ni poder completar a nadie. 

3 mar. 2015

Tan efímeros suelen ser ciertos días. Tanta importancia solemos restarle a aquellos momentos en los cuales, sin darnos cuenta, somos infinitos dentro de nosotros mismos. Que tan fácil resulta olvidar aquella esencia tan simple, divina, y hasta podría llegar a decirse necesaria; esencia que hace que nuestra única meta sea vivir, y disfrutar de aquella simpleza misma. Y enamorarse de la propia capacidad de sentir. Enamorarse de lo que se tiene, de lo que uno es, de lo que se quiere ser.
Inhalar y respirar pureza en silencio, en aquella siempre ansiada calma que olvidamos vive en lo más profundo de nuestro ser sin jamás desaparecer. Un gran impedimento podríamos considerar al olvido de aquellos detalles tan preciados en momentos (esos, en los que somos infinitos dentro de nosotros mismos) que desearíamos que al cerrar los ojos y dejar volar el alma, pudiéramos volver a sentir hasta aquella brisa que acariciaba cada uno de nuestros dedos, volviéndolos únicos, volviéndonos únicos. Pero esas memorias comienzan a acumularse junto con otras tantas cotidianas, y se ahogan en su espacio cada vez más reducido. Y la capacidad de recordar aquella brisa se va desvaneciendo cada vez más, volviéndose cada vez más nublado ante nuestra vista, con la constante intención de desaparecer. Hasta que nos reactivamos. Nos reactivamos y recordamos, sentimos, respiramos, y vivimos. Realmente vivimos lo esencial y puro de la vida al encontrar la natural felicidad que tendemos a ocultar para cuando tengamos tiempo de sentir. Por que, ¿para qué vivimos si no nos dejamos ser? desperdiciándonos así como solemos hacer, inhibiendo lo que sentimos para seguir la línea de lo que nos marcaron que es correcto. Allí nos hundimos. Al condenarnos pudiendo ser libres. Pudiendo sentir. Pudiendo hacer lo que uno mismo decide para sí mismo, disfrutando lo que se quiere, intentando encontrar lo que se busca. Pudiendo entender que para eso existimos, y olvidar aquellas huellas y estereotipos que sólo hacen olvidemos lo que realmente somos. Vida.

18 ene. 2015

Todavía no decido cuantas manos necesitaría para tener los suficientes dedos que cuenten cada por qué que me pregunto, uno por cada uno de ellos. Suelo sorprenderme a mi misma notando la cantidad de veces en las cuales me cuestiono cada situación, y la mínima aparición de respuestas, las cuales de hecho suelen tener poca coherencia o ser simplemente son una línea más en la extensa e interminable lista de hipótesis que se esconde en mi mente. Siempre con tan poca certeza. Cuantas de mis oraciones finalizan con "creo", "no sé", "quizás" y muchos otros sinónimos. Tantas veces escribí refiriéndome a alguien más, que en realidad no era absolutamente nadie que no sea yo misma. Quizás por la poca fuerza de aceptarlo y -peor aún- afrontarlo. Pero lo increíble no se encuentra allí, sino en la capacidad de aislar esa parte de mi de tal forma que no se note. Aquella capacidad completamente inconsciente de esconder todo eso en mi interior más lejano. Se aísla, pero nunca abandona, jamás deja de estar. Así que uno se adapta, y lo disfraza para terceros y para sí mismo. Y lo saco a la luz únicamente cuando me encuentro en la indescriptible armonía de la soledad. Aquella soledad que aporta de una forma increíble calma y temor a la vez. Y jamás puedo liberarme cuando no me encuentro en ese aislamiento. Quizás sea por que nunca lo intenté. O quizás si. Sí. Eso fue lo que me dio la esperanza de no rendirme ante aquella inesperada situación. El haberme sentido capaz de liberar aquel interior cuando no me encontraba únicamente conmigo misma bastó para no poder bajar los brazos, ni permitir que los bajasen. ¿Pero cuanto peso pueden soportar este par de extremidades? ¿Cuanto tiempo podrán resistir a la espera? Evidentemente no me encuentro preparada para darme cuenta de que debería hacerlo. Pero aunque lo supiera, no quiero renunciar a aquello que hizo sentirme libre, y luego me aprisionó cómo si no quisiera -o pudiera- liberarse también. Luego de aprisionar, soltar. Y luego de soltar, aislar. Y luego de aislar, ¿olvidar? ¿realmente ya no ocupo un lugar en su interior, realmente no cuenta con si quiera un por qué para cuestionarse? por que yo cuento con tantos, que todavía no decido cuantas manos necesitaría para tener los suficientes dedos. Un dedo por cada por qué. Para tener esa por siempre misteriosa contabilidad. Pero ahora -realmente- ¿para qué querría saberlo? ¿por qué? ¿acaso cambiaría mínimamente aquello algo?
Sí, soy yo quién no se permite bajo ninguna circunstancia bajar los brazos y rendirse. Pero tampoco me permito a mí misma actuar. Los días pasan y siento que actuar sería sin sentido, regalándole a mis horas la interminable espera. Aquella espera a la cual nunca le llega la respuesta. Aquel grito que jamás escucha el eco. Aquel interior que no quiere -o puede- liberarse.
¿Por que no me permito bajar los brazos, si no actúo, si sé que está perdido, si sé que su liberación no se encuentra dispuesta a que mis oídos la reciban? ¿en verdad vale todo este tiempo dedicado, o es otra víctima de mi constante idealización, capaz de distorsionar increíblemente la realidad? ¿por qué? por esa diminuta luz, que comenzó con una fuerza indescriptible, pero que se debilita cada vez un poco más por cada segundo que pasa, perdiéndose dentro de la inmensa oscuridad. Esa luz a la cual me encuentro aferrada con las fuerzas que todavía me quedan. Aquella diminuta luz, llamada esperanza.

6 dic. 2014

Pasó de dudar sobre los demás a hacerlo con ella misma. Se dio cuenta que solemos convertirnos en aquello que no queremos, que pretendemos tener lo que no tenemos, y si lo tenemos demasiado ya no lo queremos. Que cometemos el error de apreciar ciertos momentos, personas, u objetos cuando ya no se encuentran a nuestra disposición. Se dio cuenta de que amamos el sufrimiento, que lo buscamos, que vivimos de él. Es cómo si abriéramos los ojos pero nunca lo hiciéramos lo suficiente como para ver con total claridad. Y se cuestionó sobre eso tantas veces que se convenció a sí misma de que intentaría realizar su propio cambio, quiso marcar su propia diferencia en su tipo de sociedad que estaba acostumbrándose de a poco a hacer todo al revés de como deberían hacerlo. Le agradaba la idea de poder abrir los ojos de los demás tanto como para que entendiesen el inmenso error que se estaba cometiendo. Pero no se dio cuenta de que no todos quieren que sus ojos sean abiertos, que prefieren vivir engañados consigo mismos en vez de aceptar realmente la situación. Omitió el gran detalle de que la gente busca la felicidad en el sufrimiento, cómo si quisieran cambiar lo posible en lo imposible, tomando sus decisiones en base a un ejemplar (llamémoslo estereotipo) para disfrutar de una felicidad momentánea, y cerrar sus ojos idealizando el propio error para convertirlo en algo más irreal. Es cómo si se acostumbraran a sentir mal, ir en busca de aquello que no se tiene mientras algo se encuentra en busca de ellos mismos y no son capaces de comprender que allí se encuentra lo que en realidad deberían buscar. Pero comenzó a bajar los brazos sintiendo que no podría oponerse a todo aquello que estaba oponiéndose a ella. Que era demasiado diminuta en un mundo tan inmenso. Que los propios errores de la sociedad terminaban por arrastrarla a aquello a lo que no quería arrastrarse. Y cometió el mismo error que todos, en su propia búsqueda de al menos alguien que comprendiera sus subestimados pensamientos. Creyendo que encontró a aquel alma que se fusionaría con sus antiguas conclusiones, haciéndole saber que no es tan diminuta como creía. Pero era otra simple felicidad momentánea, sólo que era la primera vez que no estaba consciente de aquello. Y le otorgo este nombre debido a que la tenían a su completa y total disposición; pero justamente por eso no la querían tener. Por que le daría verdadera felicidad. Y nadie quiere arriesgarse a poder tener eso. 
Pero después de todo, ¿quién dice que estar dispuesto a dar algo significa que este sea aceptado? No se puede saber que podría haber sucedido, si simplemente nunca sucedió. Pero allí estaba, y no podía evitar sentir mal, elegir lo que no debería. Por que seguía queriendo creer que podía transformar lo intransformable para convertirlo en su propia felicidad. Pero después de todo... ¿quién dice que aquella búsqueda no era su felicidad? 

12 oct. 2014

Eran las 7:00 cuando sus párpados se movieron ligeramente mostrando dos pequeñas esferas blancas con detalles en marrón y negro. Era aún lo suficientemente temprano para que se levantase en un domingo, así que intentó conciliar el sueño alrededor de media hora, pero no consiguió nada que no sea dar vueltas sobre el colchón. Eran las 7:34 cuando decidió estirar sus piernas sacándolas de aquel aprisionado lugar y hacer que sus dedos apenas rocen la fría cerámica. Colocó sus pies en donde pudieran sentir algo más de temperatura. Sus ojos se cerraban aún, y consideró que algo de agua en su rostro ayudaría a que su cuerpo se decidiera sobre su estado. A continuación recorrió con su dedo la amplia mesada hasta llegar a la cocina. Preparó aquel desayuno de siempre y colocó la taza en la mesa. Había cuatro sillas de las cuales sólo una estaba ocupada. Las agujas siguieron moviéndose como suelen hacerlo, hasta llegar a las 8:00. Ya se encontraba cambiada y lista para emprender su día, hasta que recordó que era simplemente un domingo más y aún no sabía que iba a hacer. Pensó en algún tipo de plan improvisado pero nada surgió, así que simplemente colocó en su par de extremidades dos cómodas botas amarillas y fue hacia la parada a subirse a su colectivo de siempre. Tres con cincuenta y un asiento al fondo. El camino no fue largo, pero sus párpados seguían pareciendo querer no pertenecer al resto de su cuerpo. Bajó en aquel lugar donde las paredes tienen extrañas manchas negras y algunos brotes que esconden pequeñas flores en el fondo. Intentaba evitar cada charco que se interpusiera en su camino y pudiera manchar sus cómodas botas amarillas (lo hizo con suficiente éxito, por cierto). El ElegantRoule tenía su cartel indicando disponibilidad, así que sacó de los bolsillos de su saco aquellos trozos de papel y contó algunas monedas. Ingresó al local. Parecía ser que solo iba allí por el aroma a café y por las flores que decoraban los vidrios de las ventanas, cuanto le gustaban esas flores. Cuanto disfrutaba su segunda taza de café. Los minutos pasaron y cerró la puerta de una forma un tanto brutal cómo para que algunos cabellos se movieran a visualizar la salida. Sus pies caminaron. Y caminaron. Y de su nariz salían dos grises evaporaciones extrañas que demostraban la baja temperatura. Se cansó de caminar, ya ni siquiera miraba las vidrieras que reflejaban su mediana figura. Se sentó sobre un banco en lo que podría llegar a llamarse una plaza, pero ese día casi nadie pasaba por allí. Casi ningún niño corría jugando, ni se sentaban a su lado. Lacio perfecto enmarcaba su pálido rostro, y sus párpados comenzaron a rebelarse otra vez, cayéndose lentamente y volviendo a levantarse hasta dejarse contener por una absoluta inmovilidad. Su mano derecha tocaba la fría madera. Quizás esperaba que alguien tocara sus finos dedos, o quizás solo dejaba que fueran atrapados por ese pesado frío de invierno que hacía que todos se quedaran en sus camas un rato más. Ya no pensaba en su monotonía de única taza en la mesa. Sólo se dejaba estar, ¿cuanto tiempo más seguirían soportando aquel frío sus dedos sin tornarse violáceos? Su fina piel sintió una leve salvación que le otorgaba algo de temperatura, pero la lucha contra sus párpados seguía en pie. Esa extraña salvación comenzó a desplazarse por toda su mano, y su cuerpo se sintió apoderado de un miedo atroz. Intentó concentrar sus fuerzas en levantar ese par de estúpidos párpados que se encontraban tan en su contra esa mañana, pero no lo lograba. Al menos sus oídos lograron descifrar algo, parece que algo en ella al menos servía. Parece que habían llegado. Un zumbido que no cesaba penetraba por sus tímpanos y no se iba de allí. Aquel insistente zumbido fue lo único que escuchó en esa solitaria plaza. Hasta que se tornó más y más débil, terminando por desvanecerse por completo. Aquel calor en sus finos dedos comenzó a alejarse y con él se alejó su anhelado encuentro de su solitaria taza con otra más que ocupara otro lugar en su desolada mesa acompañada de numerosas sillas sin nadie que las ocupe. Sintió como si todo su cuerpo se elevara y comenzó a distinguir como era recorrido por aquel calor que se asimilaba a aquel de su casa aquella mañana a las 7:00 cuando ya no podía conciliar el sueño. Sintió bienestar y ya no luchó contra sus párpados, que dejaron de actuar en contra de su cuerpo. Ellos iban al unísono, no se elevaban ni se caían más, allí quedaron, aprisionados en ese imponente calor otorgado en lo que seguía pudiendo ser algo llamado plaza. Ahora sí pasaban compañías por allí. Hasta que ya no pasó ni ella misma. Y sus cómodas botas amarillas se desvanecieron en el fondo de aquel zumbido. Y ni siquiera recordaba por qué luchó contra sus párpados. Ni siquiera recordaba. Todo dejaba de tener importancia poco a poco, pero su sensación de bienestar hizo que no se opusiera a nada en su al rededor. Y se dejó desvanecer antes de llegar a donde encontraría su supuesta salvación, quién sabe a qué. Sólo sabe que se dejó desvanecer. Esta vez por completo, y las agujas en su reloj dejaron de moverse. 

13 sept. 2014

El tiempo avanzaba, y un retroceso en medio del absoluto escándalo hizo que se diera cuenta de que quizás todas las decisiones tomadas eran erradas. O casi todas. 
Una caída involuntaria en la realidad cómo si fuera un precipicio, caer de golpe y no caer en la propia caída. 
Quizás fue la ausencia de algo, que hizo que creyéramos que allí existía algo más que la nada misma. Quizás faltó solo un poco, pero ese poco bastó para que se derrumbara todo.
Y la noche se ahogaba en el silencio. Y el silencio se ahogaba en la oscuridad. Y nada volvería a ser cómo antes. 
Ese antes en el que aparecías y desaparecías como si quisieras solo seguir confundiendo a otra línea de tu anómala lista. Ese antes que aún no consigo descifrar si realmente existió. Hasta que otra caída involuntaria en la realidad hizo que me percatase de que sí sucedió, todo había sucedido, y cuantos finales inconclusos había tenido este supuesto antes. Este supuesto ahora. Que sigue existiendo. Que esta pasando.

24 jun. 2014








Me llevé todo.
Me llevé las sonrisas, y me llevé las lágrimas.
Me llevé los momentos. Los pocos que había.
Los parpadeos. El suave toque de sus dedos.
La mirada perdida, y también la mirada fija.
Los suspiros. Todos. 
Me llevé desde el más simple de los abrazos, hasta el más complejo. 
Los pasos, también me los llevé. Cada paso. Cada camino que nuestros pies recorrieron.
Las calles, las más estrechas y las más anchas. 
El pasto. Desde el más verde hasta el más amarillo, seco y con innumerables historias que contar. 
Las risas obligadas y las que ni uno mismo puede controlar.
Me llevé la primera, la última, la décima y todas y cada una de las promesas. Las que cumplimos y las que no.
Llevé los besos. Los cuales no necesitan ni pueden ser detallados para explicar su importancia.
Llevo también todas las tardes en las cuales por mi retorcida mente aparecía otra vez tu extraña y dulce esencia.
Todo conmigo, todo acompañándome cuando quiero que allí estén, y cuando quiero que solo desaparezcan, no lo hacen. 
Pero no te equivoques, no es por ser egoísta y no querer compartirlos contigo. Simplemente sucedió. Sólo aparecieron. Mi poder de decisión ante todo esto fue básicamente nulo. Y sigue siéndolo hasta el día de hoy.
En realidad no llevé todo conmigo. 
Parece que algo se me olvidó.
Me llevé sólo lo que nombré.
Y no quiero llevarme nada más.




10 may. 2014

Existen aquellos quienes se aferran. Existimos todos. Todos nos aferramos a algo. Y a la vez a nada.
Existen aquellos quienes quieren vivir libres, pero viven atados, por elección o por deber.
También existen aquellos quienes son libres, pero no lo saben, no lo sienten, no conocen la libertad.
Que será la libertad. Que será aferrarse. Que se sentirá sentirse libre o aferrado a algo o a alguien.
¿Seré libre o estaré viviendo atada? ¿Ser libre es no estar atada? ¿Estar atada es no ser libre? quizás pueda ser un poco de los dos, o no ser ninguno.
Es cómo si a algunos les gustara aferrarse a todo lo que les hace daño, y justamente eso les da felicidad. ¿Cómo es que encuentran la felicidad en el dolor? ¿Cómo es que dos opuestos pueden generarse el uno al otro? Debe ser, que no existe ni felicidad ni dolor. Que es un poco de los dos. O ninguno.
Quizás todo en mi vida sea mi elección, sea yo quién elija a quién acercar y a quién alejar. Pero no todo en la vida de otro es mi elección. No puedo elegir a quién otro acerque o aleje de su propio ser.
Quizás lo que siento son ganas de darle un poco de libertad a alguien, pero estaría atándolo al querer concederle libertad. Pero puede que sea un poco de cada cual. Que la libertad necesite aferrarse. Que quién se aferra necesite un poco de libertad. Que se requiera un equilibrio. Y yo no soy quién para elegir darle un poco de libertad a alguien. Ya que yo no elijo si quieren tenerme o no en su vida. Pero, en verdad quiero que estés en la mía.

19 mar. 2014


Te recuerdo cómo una historia que comenzó, pero que no tuvo final.
Te recuerdo muy lejano. 
Te recuerdo con una sonrisa, que se desvanece lentamente.
Te recuerdo por que en un abrir y cerrar de ojos, me encontraba a tu lado.
Te recuerdo por que alguno de los dos debe recordar.
Puedo decir aún que te recuerdo. Y puedo volverlo a decir mil veces más, por que sé que te seguiré recordando. Por que ocupas un lugar fijo en mi mente. Pero ya no te pienso con la intención de que vuelvas, simplemente como algo diferente, como latidos que aumentan a cada paso que das mientras te acercas a tu destino sin saber si encontrarás lo que estas buscando, como una respiración un tanto forzada, como un intento de despejar mi mente de dudas cuando esta repleta de una cantidad innumerable de ellas, como cuando tengo ganas de un abrazo en completo silencio y nadie a mi alrededor comprende mi necesidad, y no quiero un abrazo de absolutamente nadie que se encuentre a mi alrededor. Pero sí de algo más lejano.
Te recuerdo cuando el tiempo parece no parar nunca, cuando quiero recordarte, y cuando no también. 
No me preguntaste si yo quería que me olvides. Ni me preguntaste si yo quería olvidarte.
Te recuerdo, simplemente, por que vos decidiste formar parte de mi pasado.

3 mar. 2014

Camino solitario

Un pequeño escape de la realidad, una profunda inhalación de tranquilidad, momentos de silencio. El olvido de los peligros que invaden nuestra mente y nos mantienen en constante alerta. Unos pasos en caminos solitarios, la compañía de la propia presencia, y una sonrisa dibujada por el alivio de la felicidad de olvidarse al menos un rato de absolutamente todo. Sigue caminando.
¿Acaso estoy buscando algo? ¿o estoy esperando a que algo me encuentre?
Quizás ya busqué lo suficiente. Quizás esperé demasiado. Sea como sea, prefiero olvidarlo, y comenzar un nuevo punto de partida.  Estoy lista para lo que se acerque hacia mí. Estoy lista para volver a empezar, o para seguir viviendo.

27 ene. 2014

Cansada de no cansarme

¿Hasta cuando seguiré acumulando estos recuerdos? Cada uno de ellos se suma a mi memoria y aparenta querer quedarse ahí por un largo e indefinido tiempo. Sé que no puedo olvidar, pero puedo dejar de recordar con tanta frecuencia... ¿Puedo?
Siento que todos los demás van un paso delante de mi, en el sentido de la experiencia. Aunque a veces ni siquiera tener experiencia sirve. Todos parecen olvidar todo tan rápido y volver a comenzar como si no hubiera costado lo suficiente. Todo parece más simple desde el exterior, pero en el interior siempre es más complejo.
Una simple y sencilla sonrisa se crea en su rostro de la nada, estaba observando lugares donde estuvo anteriormente. Recuerda. Y lo mostraba todo con una sonrisa. Quería volver, aunque sea unos segundos, volver a sentir el mismo aroma, volver a ver con otros ojos, pero sabe que es mejor que todo permanezca como esta, no permitirse volver a caer en los mismos errores. Así como tuvo aquella y tantas otras oportunidades anteriores, tendría otra más y tantas otras nuevas. 
Recuerdo tanto que a veces me olvido de recordar para no olvidar, y dejando de pensar tanto en esos momentos, se van desvaneciendo poco a poco. Minuto a minuto todo se vuelve más leve, más simple. O al menos así lo es desde el exterior. 
Cansada de no querer renunciar, de no querer alejarme, de comenzar a acostumbrarme de todo. Cansada de no cansarme. 

2 ene. 2014

Quiero saber

¿Y ahora que? ¿acaso alguien va a decirme que debo hacer o callaré cada una de mis palabras dentro mío esperando que salgan solas? ¿acaso hay algo que tengo que hacer? ¿acaso debo solo no mirar hacia atrás? ¿acaso quiero no mirar hacia atrás?
Es que siento tanta inseguridad algunas veces, no quiero tomar decisiones sin saber las consecuencias, pero debo hacerlo igual. Las dudas abundan dentro mío y no sé con certeza cuando serán respondidas. O si algún día lo serán. Precisaría ser un poco más paciente quizás, solo quizás... o debería ser exactamente como soy ahora. Todo es tan simple que se torna complicado. Y no sé si seguir o quedarme en este punto exacto. Me dí cuenta de que lo importante no es lo que hay del otro lado de la montaña, si no del recorrido. De la subida. Y no importa la rapidez en la que intentes llegar, de echo, después te gustaría seguir subiendo al menos un rato más. Es ahí donde se encuentra mi pregunta: ¿aún sigo subiendo o ya llegué? ¿Todo terminó? 
Quizás sea yo la que decida si quiero seguir subiendo. O si finalmente llegué. Debo actuar.

15 dic. 2013

Tiempo


Sigo sin dejar de pensar constante e insistentemente en que siento que el tiempo pasa demasiado rápido. Aún con la edad que tengo. Aún siendo yo tan insignificante en este mundo. Siento que no puedo controlar cada momento en el que me gustaría quedarme aún más. Me gustaría de alguna forma dejar que las cosas dejen de fluir tan fácilmente, algunas ocasiones duren más de lo que duraron en su momento. O volver un poco el tiempo atrás para recordar como era ver el mundo con los mismos ojos, pero de distinta manera. Con menos preocupaciones, con menos dudas sobre todo, con menos desconfianza, con más alegría, con más... tiempo. 
Me gustaría decir tantas cosas que quizás no dije o las dije de la forma que ahora creo era incorrecta.
A la vez recuerdo que aún soy lo suficientemente joven como para preocuparme por un par de años, y que me quedan miles de momentos más por vivir todavía. Innumerables momentos que quedarán en mi recuerdo tal como quedaron los que pienso en este preciso instante.
¿El tiempo seguirá pasando? ¿No puedo detenerme un instante? ¿No podría solo... esperarnos?